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El fin de un mundo

Un día de febrero, Patricia supo por Berta que él dejaba la vieja vivienda, demasiado húmeda, para ir a instalarse en Bayona, en un piso dotado de todo el confort moderno.

Después del almuerzo, Patricia penetró en una habitación que llevaba largos años desocupada y cuya ventana daba al patio.

Ahí no quedaban más que una cama y un par de butacas recubiertas con viejas sábanas.

Rasgado en algunos sitios, el empapelado azul estampado de flores blancas colgaba hecho pedazos. El techo se había puesto amarillento y rezumaba humedad por doquier.

Tras cerrar la puerta con llave, Patricia abrió la ventana. En el patio caía une fina llovizna.

Estuvo aguardando largo tiempo de pie, mirando a través de las tablillas de los postigos que habían permanecido cerrados. Por fin lo avistó, bordeando lentamente el muro de la caballeriza, con las manos en los bolsillos de su cazadora. Cobijándose bajo el alero del tejado, alzó el rostro hacia la fachada del castillo. Tenía dura la mirada y crispada la mandíbula.  Miraba al punto más alto, hacia el tragaluz.

Escondida en la penumbra, Patricia podía contemplarlo a sus anchas. El sufrimiento y la rabia lo envejecían. Como si se diera a la fuga, de repente salió disparado hacia el paseo de los plátanos y desapareció de su vista.

Pasó un minuto y Patricia oyó el motor de la moto.

Entonces supo que su destino estaba sellado. Apartó nuevamente el rostro en la sombra. Se inmovilizó, aterida. Su rostro austero estaba bañado en lágrimas.

Se ajaría in situ, se marchitaría en esa casa destartalada, cercada de árboles, pasaría a ser una de esas mujeres de aspecto hosco a las que señalan con el dedo para burlarse de ellas. Se le hundirían los costados, se iría consumiendo todo su cuerpo hasta no ser más que un tronco duro y nudoso.

¿Es que había algún motivo? Era una locura, no disentía de ello. En torno a ella el mundo gritaba: ¡Albricias! y Patricia contestaba: ¡Amor! Ahora bien, el amor obliga, y el suyo la retenía aquí, inclinada sobre una mirada alucinada y un anciano melancólico.

Emmanuel la odiaría y ella se alegraba de su odio que lo liberaba y lo devolvía a él mismo. Luego la olvidaría.

Pensó que probablemente ya no volvería a ver el mar, que ya no sentiría escurrirse la arena sobre su piel, y este pensamiento acabó de destrozarla.

Con un profundo gemido, cayó de rodillas.

-          ¡Dios mío! – gritó – ¡Dios mío, ten piedad de mí!

Por única respuesta, oyó que subía hacia ella el tremendo silencio de las piedras.