El entierro de la sardina
Todos estamos conformes, y con la cabeza baja acatamos al vino y a la sardina que vamos a enterrar. Estamos prontos a ponernos en marcha.
Bailando montados en escobas, palmoteando y andando hacia atrás, con palos, estacas y escobones, con jaulas y sacos llenos de bacaladas y tiras de longaniza; algunos, con vejigas que dan en la cara a la gente, se abren paso.
Siguen sus pasos otros tantos grupos numerosos con las más variadas cataduras y disfraces, uno con un embudo de petróleo en la cabeza, una aceitera en la cintura, cuál con ropilla de cura blanca y misales en la mano, otros, andando a gatas, con los pies zambos y las manos torcidas hacia adentro ; otros, haciéndose los cojos y baldados, paralíticos y tullidos, e imitando a los animales ; bramaba uno como un toro, otro imitaba el gallo, el rebuzno de un asno, el cacareo de una gallina, el bufido de un buey, y llevaban cabezas postizas de cartón de estos animales, muy contentos y alborozados de sus disfraces.
Unos iban de penitentes, con las cabezas bajas, otros de ajusticiados, de condenados a garrote, con un cucurucho de paja y papel pintarrajeado, un cartel en el pecho y las manos atadas, montados en un pollino viejo de matadero. Les seguían grupos de chiquillos y de gente con careta, con los puños cerrados y amenazándoles; cuando se veían perseguidos de los chicos y molestados, sacaban un palo en el que llevaban atadas unas vejigas y las sacudían sobre sus cabezas y espaldas; pero los granujas pinchaban con alfileres a los pollinos en las ancas, y, soltando un par de coces, echaban a correr a campo traviesa con las pocas fuerzas que les quedaban, haciendo de tripas corazón, como alma que lleva el diablo, y era de ver cómo dando tumbos parecían los jinetes peleles, con el cucurucho torcido por el hombro y agarrándose al cuello y con las piernas apretando los ijares, y a unos cuantos corcovones daban con su amo en tierra, saliendo despedido por las orejas, dando el salto del carnero.
En esto, se abrían paso unos mascarones de extraña catadura, tocando trompetas que sonaban huecamente a cartón, y armando un estruendo infernal de almireces, sartenazos y cencerros. Sostenido a hombros, en unas andas, llevaban un ataúd muy pequeño, con unos trapos blancos, a manera de sudario, y el cuerpo de la sardina, difunta ; rodeaban las andas hasta una docena de frailes motilones, con hábitos todos de tela de saco y las manos metidas en las mangas, y los pies descalzos, con un cortezón de porquería ; los ojos, bajos; con grandes barbas postizas, y a la cintura, pesados rosarios, canturreando salmodias y fúnebres gori-gori; marchaba a la cabecera la muerte, con un sudario y una calavera amarilla, de cartón.
J. Gutiérrez Solana, Madrid, escenas y costumbres.