Una gota de miel

 

Una mañana vino una rapaza, que no sabe Sigüenza si sería ahijada pobre de las señoras, o sobrinita del párroco, o hija del maestro del lugar. Dio los buenos días con mucha cortedad y, llegándose al lado de la más vieja señora, allí estuvo balbuciendo un momento las razones que le diera su madre o su tío; pero la chica las dijo mirándose los dedos, y toda inclinada de modo que se le veía su cabeza esquiladita y su nuca muy delgada y morena del sol del ejido.

Nada le repuso la señora, sino que levantándose de su silla de esparto - siempre se sentaban en rudos asientos de labradores y en la casa había sillones de anea y rancios estrados y butacas con fundas de lienzo blanco - sacó de su honda faltriquera una grandísima llave, abrió la alacena, puso en una jícara una dedada de miel, y al ir a entregársela a la mocita quitó un poco de aquella dulzura, y cerrando fieramente el armario escondiose la llave.

Comprenderéis que no es posible que Sigüenza pasara por alto lo que hizo esta señora. ¿Por qué traería la llave siempre colgada de su costado, esa llave tan grande? ¿Por qué no se la dio a una moza y aun a la misma rapaza para que ella tomase la miel pedida? Y singularmente, ¿por qué, habiendo mesurado lo que daba y en el punto que la niña tocaba ya su jícara, le quitó una dorada escurrimbre para devolverla a la orza panzuda y tal vez llena?

¿Cómo una señora principal y rica tenía esa avaricia y desconfianza?

Acaso vosotros sospechéis del fuero hereditario. Más bien Sigüenza cree que esa mezquindad se originaba de aquel vivir siempre murado y tenebroso, sin goce de anchura, de visión campesina.

De esto brota, naturalmente, un elogio efusivo de los balcones, de los portales, de las solanas, de esos ojos bienhechores de nuestras casas. Los balcones y portales merecen nuestro amor. Los de Sigüenza se abrían frente al mar.

Apiadémonos de los que viven con las ventanas muy cerradas. Y los que tengan su casa en calleja angosta recuerden que siempre pasa por encima una franja de cielo, y, mirándolo, no hay quien le quite la miel a un niño.

Gabriel Miró, El libro de Siguenza, 1917

QUESTIONS

1. Expliquez les formes verbales soulignées dans “no sabe Sigüenza si sería…” et dans “que le diera” (paragraphe 1)

2. Usage de se dans “entregársela” et “escondiose” (paragraphe 2)

3. Valeur des subjonctifs présents dans la dernière phrase.