Yo traje la heredad que tiene tu padre, ¿qué te habías creído? ¿De dónde si no todos estos estudios y todos estos ensorbecimientos, que ya ni siquiera quieres ser de pueblo? ¿Acaso no soy yo de pueblo y no eres de pueblo tú? Acaso no era de pueblo mi padre y el tío Antonio y el tío Gabriel, el que se desgració, y mis hermanas no eran de pueblo también, aunque muertas mocitas sin llegar a flor? Tú parece que no quieres nada con tu madre, parece que te avergüenzas de tu madre, pero, ay de mí, ándate con ojo, porque ni tú ni otros cien más como tú, a mí me ibais a importar nada, que a tu madre no hay quien la pare y que cuidadito, pero muchísimo cuidadito, con hacer a tu madre la sombra de un desprecio. Que yo me entere que en Salamanca sí sabes bailar y te vas con las niñas tontas a bailar a los casinos, es que no me importa nada, pero nadita, armarle una al lucero del alba, a la zangolotina esmirriada que se crea que es más que tu madre. ¡ Sólo faltaba eso! Que me salieras fino y que no quisieras llevarme del bracete por la rúa esa o por los palacios majestiques. ¡Quita de ahí!¡Que no quiero ni verte, que me da grima, que no eres ni chicha ni limoná, que ni pareces hijo mío ni tienes la buena planta de tu padre! También tu padre ha sabido de leer, creo yo, pero eso no le quitó para divertirse de joven y dar a cada cosa lo suyo. Si tu padre no hubiera sabido bailar la rosca, pa rato me caso yo con él, y tú, a estas horas, en el limbo. Fue porque tu padre supo calentarme por lo que estás tú ahora aquí con tus dengues y tus bobadas, que no sé cómo me contengo, estudiante, más que estudiante, casi cura, que si fueras seminarista no estaría mal, que es una gloria para la madre tener un hijo señor cura, pero tú, que al fin y al cabo no vas más que para picapleitos, quítate de delante, que me das asco, y haz el favor de arreglarte la cara y de beber un poco y de manchar el morrete de vino, que yo quiero ver cómo les dices flores a las chicas y a ver cómo se te alegra el ojo con la Gertru, que es sobrina segunda y yo sé de qué pie carga su padre y lo que le ha de quedar a ella, que es hija sola y no hay quien le divida las tierras.
Luis Martín Santos, Tiempo de destrucción