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Colgando los hábitos

 
 

 

La noche que regresó sobre la parihuela de ramas de pino, a hombros de los forestales, con la pierna rota y la cara desollada y la nariz sangrante, díjole su padre : “Nada de esto hubiera pasado de no haber colgado los hábitos, de no haber torcido el curso natural de las cosas. Cuando seas hombre hecho, te arrepentirás. Has mamado muchos años de sotana para echar por tierra la carrera. El dinero, que dicen que tengo, de poco te ha de servir si tienes culo de mal asiento. Lo comido por lo servido. Más hubiera valido criarte en la montaña ; conocerías al menos el oficio. No sabes distinguir un pichón de una pajarita riera, ni siquiera cabalgar sin partirte el espinazo.”

 
Por San Blas llegó la cigüeña. Por San Blas cumplió los veinte años. Por San Blas regresó de Salamanca al atardecer, sin anunciarlo, y entró en la casa y besó a la madre y a la hermana, y marchó luego, sin quitarse la sotana ni la beca, carrera adelante andando la legua larga del Puesto Forestal, donde la contrata de los hombres y la oficina de control de tala, donde su padre hincha la bolsa del duro por hombre y por plantón de pino y por jornada.

 
Diez años de contrata. Diez de seminario. Casi once tenía cuando marchó con la beca de doña Jerónima Hoyos a Salamanca. Carboneaba Pedro el Gordo su padre el brezo por las Batuecas. Por mor de doña Jerónima y del hijo, ya para curita, lo llamó el ingeniero. Era de fiar, y buen carbonero y conocía el oficio y gobernó bien las merinas en la juventud, y tenía don de mando y aptitudes de capataz. Un acierto.


Alfonso Grosso, Un cielo dificilmente azul (1961)