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Pour m'écrire

Maldita lógica

 
 

  

No se comprende aquí ya ni la locura. Hasta el loco creen y dicen que lo será por tenerle su cuenta y razón. Lo de la razón de la sinrazón es ya un hecho para todos estos miserables. Si nuestro señor Don Quijote resucitara y volviese a ésta su España, andarían buscándole una segunda intención a sus nobles desvaríos. Si uno denuncia un abuso, persigue la injusticia, fustiga la ramplonería, se preguntan los esclavos : ¿qué irá buscando en eso?  ¿a qué aspira? Unas veces creen y dicen que lo hace para que le tapen la boca con oro ; otras que es por ruines sentimientos y bajas pasiones de vengativo y envidioso ; otras no más sino por meter ruido y que de él se hable, por vanagloria ; otras que que lo hace por divertirse y pasar el tiempo, por deporte. ¡Lástima grande que a tan pocos les de por deportes semejantes!

Fíjate y observa. Ante un acto cualquiera de generosidad, de heroismo, de locura, a todos estos estúpidos bachilleres, curas y barberos de hoy, no se les ocurre sino preguntarse : ¿por qué lo hará?  Y en cuanto creen haber descubierto la razón del acto – sea o no la que ellos suponen – se dicen : ¡bah! lo ha hecho por esto o por lo otro. En cuanto una cosa tiene razón de ser y ellos la conocen, perdió todo su valor la cosa. Para eso les sirve la lógica, la cochina lógica.

Comprender es perdonar, se ha dicho. Y esos miserables necesitan comprender para perdonar el que se les humille, el que con hechos o palabras se les eche en cara su miseria, sin hablarles de ella.

Han llegado a preguntarse estúpidamente para qué hizo Dios el mundo, y se han contestado a sí mismos : ¡para su gloria! y se han quedado tan orondos y satisfechos, como si los muy majaderos supieran qué es eso de la gloria de Dios.

Las cosas se hicieron primero, su para qué después. Que me den una idea nueva, cualquiera, sobre cualquier cosa, y ella me dirá para qué sirve.

Alguna vez, cuando expongo algún proyecto, algo que me parece debía hacerse, no falta quien me pregunte : ¿y después? A estas preguntas no cabe otra respuesta que una pregunta, y al “después” no hay sino dar de rebote un  “¿y antes?”.

 

Miguel de Unamuno, Vida de Don Quijote y Sancho