Matrimonio por apaño
Ahora reflexionaba acerca del contenido de la carta que acababa de recibir. La idea era tentadora, pero todo en ella la incitaba a rechazarla: detrás de aquella inesperada proposición matrimonial sospechaba una maquinación perversa. Al fin y al cabo, se decía, ¿quién puede querer por yerno a Nicolau, pobre hijo mío? Es un don nadie, deforme y pazguato, ¿qué pueden ver en él salvo el dinero? Sí, no hay duda, eso debe de ser. En tal caso la vida de Nicolau peligraría: si ese canalla hizo matar a mi marido, que en gloria esté, no hay razón para que ahora no planee también la muerte de su heredero. Es posible que se trate de una venganza bárbara, de uno de esos celosos actos de exterminio que se viene practicando ritualmente en Estambul desde hace siglos. […]
Un escalofrío le hizo arrebujarse en el mantón de Manila que la sirvienta había echado sobre sus hombros. Tiró del cordón; cuando compareció Anaïs a esta llamada le preguntó si su hijo estaba en casa. "Oui, madame", fue la respuesta.
"Alors, dis-lui que je veux lui parler; vas vite", dijo ella.
Quería ser amable con él, razonar de igual a igual; en cambio torció el gesto cuando lo vio entrar en el saloncito.
– ¡Cómo! – dijo con cierta estridencia en la voz-, ¿a estas horas y ya en "robe de chambre"?
Nicolau se disculpó a trompicones: no pensaba salir, dijo; había decidido destinar la velada a la lectura, pero si ella proponía otra cosa… No, no, está bien así, dijo ella; anda, vete ya; tengo un dolor de cabeza terrible. No quiero que nadie me moleste hasta mañana. Se encerró bajo llave en el gabinete y estuvo confeccionando y rompiendo borradores hasta altas horas. Por fin dio con un tono que le pareció apropiado.
"Su carta, mi estimada amiga, me ha producido una mezcla de gratitud y desconcierto que usted será la primera en comprender", escribió. "Siempre he sido del parecer de que en asuntos matrimoniales son los propios interesados quienes deben decidir guiados antes que nada por sus sentimientos y que no somos nosotras las madres las que hemos de imponer nuestro criterio, por más que nazca del más desinteresado de los deseos, etcétera". La esposa de don Humbert Figa i Morera leyó esta carta y comprendió que tenía todos los triunfos en la mano; la carta, aunque evasiva, establecía un lenguaje común, abría un cauce al diálogo y a la negociación. Con orgullo legítimo le mostró la carta a su marido. Él la leyó y no entendió nada.
– Aquí dice que de boda nanay - fue todo lo que se le ocurrió comentar.
– Humbert, no seas tótil - replicó ella con sarcasmo -. El mero hecho de que me haya contestado ya implica un sí, aunque conteste para decir que no. Son argucias de mujer.
Eduardo Mendoza, La ciudad de los prodigios, Barcelona, 1986.